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Escrito por Celeste
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lunes, 21 de junio de 2010 |
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un_funcionario 228.32 Kb
Tendido
de espaldas en el camastro, y siguiendo con vaga mirada las grietas del
techo, el periodista Juan Yáñez, único huésped de la sala de politicos,
pensaba que habia entrado aquella noche en el tercer mes de su encierro.
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Escrito por Celeste
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lunes, 21 de junio de 2010 |
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primavera_triste 207.40 Kb
El viejo Tófol y la chicuela vivían esclavos de su huerto, fatigados por una incesante producción.
Eran dos árboles más, dos plantas de aquel pedazo de tierra -no mayor que un pañuelo, según decían los vecinos-, y del cual sacaban su pan a costa de fatigas.
Vivían como lombrices de tierra, siempre pegados al surco; y la chica, a pesar de su desmedrada figura, trabajaba como un peón.
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Escrito por Celeste
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jueves, 22 de abril de 2010 |
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gregory_benford_-_alto_abismo 249.05 Kb
No había sabor más dulce que el de la batalla ganada, reflexionó Lambda.
Abajo, las tropas se arremolinaban y bramaban, con los cuerpos fornidos atravesados de lado a lado por halos de celebración: gotas color oro quemado, azules penetrantes y calientes. Habían matado legiones de Doctrinarios en una aterradora masacre.
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Escrito por Celeste
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lunes, 19 de abril de 2010 |
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el_hombre_pi 232.08 Kb
¿Cómo decir? ¿Cómo escribir? Cuando a veces puedo ser fluido, delicado
incluso, y luego, recupero, pour mieux sauter, eso se apodera de mí. Empuja.
Fuerza. Presiona.
A veces debo retroceder pero no para saltar, no, ni siquiera para saltar mejor. No tengo control alguno sobre el yo, el lenguaje, el amor, el destino. Debo compensar. Siempre.
Pero de todos modos lo intento.
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Escrito por Celeste
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lunes, 15 de febrero de 2010 |
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barker_clive_-_libros_sangrientos_ii 715.45 Kb
No hay placer como el terror. Si fuera posible sentarse sin ser visto entre dos personas en cualquier tren, sala de espera u oficina, la conversación entreoída rondaría una y otra vez este tema. Podría parecer que se trataba de algo completamente distinto: el estado de la nación, una charla despreocupada sobre las muertes en carretera, la subida de las minutas de los dentistas; pero poniendo al desnudo la metáfora, la insinuación, ahí, encerrado en el corazón del discurso, se encuentra el terror. Mientras aceptamos sin discusión la naturaleza de Dios y la posibilidad de vida eterna, rumiamos alegremente las minucias de la miseria. El síndrome no tiene limites; tanto en los baños como en el seminario se repite el mismo ritual. Con la inexorabilidad de una lengua que se retuerce para explorar un diente dolorido, volvemos una, dos y mil veces a nuestros miedos, sentándonos para discutir sobre ellos con la impaciencia de un hombre hambriento ante un plato lleno y humeante.
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