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bass_t._j._-_mas_que_humano 1.10 Mb
Ciencia Ficción - Despertar a una naturaleza humana es mortal, cuando todo un mundo inhumana esta vigilante.
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Eres compleja, Sociedad Terrestre.
Yo soy un simple aborigen,
Uno de los de Entremedias.
Tus suburbanos y espirales por todas partes.
Biota indígena, tiempo ha desaparecida, cómo añoro tus verdores.
En el año de Olga, dos mil trescientos cuarenta y nueve, Luna y Dan volvieron a la montaña Cumbre Rocosa. Sin dientes y ajados por los años, buscaban refugio por encima de los cien mil pies donde no podía alcanzarlos la Gran ST. Ahora, en el tercer milenio, la Tierra era aguacate y pacífica. Aguacate porque toda la tierra fotosintetizaba, y pacífica por¬que la humanidad estaba evolucionando hacia el nebish de cuatro dedos: el complaciente ciudadano de Colmena.
Luna y Dan no tenían tiempo para la complacen¬cia. Acechados y hambrientos, luchaban por su supervivencia en una ecología en que la cadena alimenticia se había reducido al extremo. La Socie¬dad Terrestre había apiñado a sus dóciles ciudadanos entre las lagunas del plancton y los vertederos, hasta no dejar nicho alguno para la gente de Entremedias, excepto junto a las sabandijas y gusanería de las basuras y los jardines.
Bajo tierra florecía la ciudad Colmena. Tres billo¬nes de nebishes compartían las dávidas terrestres v encontraban su felicidad en las simples recompensas estereotipadas, racionadas por la Sociedad Terrestre, la Gran ST. Nada se movía sobre la superficie del plancton, excepto los meca–agros y algún extraño fugitivo como Luna, un antepasado de cinco dedos, incapaz de adaptarse a la sociedad apiñada. Tanto él como su perro Dan eran fósiles vivos. Las masas nebish habían acabado excluyendo a sus especies, pero ellos seguían viviendo. Habían sido sometidos a antiguos experimentos sobre el reloj metabólico, de tal manera que carecían ahora de relojes; sus cuerpos avanzaban lentamente a través de las generaciones, permitiéndoles presenciar en agonía la extinción de su especie, que seguía, ya que aún aparecía de vez en cuando algún antepasado ocasional entre los nebish: primitivos abandonados por la evolución.
Las leales y dóciles meca–agros trabajaban en la vegetación aguacate; esforzándose por atrapar cada quantum de energía solar y transformarlo en los hidratos de carbono necesarios. Sus inteligencias mecánicas convenían a estas tareas. Trabajaban con ahínco y se podía confiar en ellas. En este día de 2349 d.O. surgió un nuevo cerebro mec en la montaña Cumbre Rocosa. Su circuito era mucho más com¬plejo: rápido e ingenioso, dedicado única y exclusi¬vamente a si mismo.
–¡Eh!, viejo con perro, recogedme.
–¿Quién habla? –pregunto Luna cogiendo una piedra.
El hocico de Dan se replegó en un gruñido sin dientes.
–Estoy aquí, debajo de estas hojas.
–¿El espíritu de la lanza?
–No, soy una máquina. Mi nombre es Palillo.
Luna y Dan se agacharon a una distancia pru¬dencial.
–Tú no eres ninguna máquina. Las máquinas se pueden mover.
–Soy una pequeña. Alguien me tiene que llevar. Recógeme.
Luna titubeó.
–Pero los detectores de metal...
–No te preocupes. No soy de hierro –respondió Palillo con voz lisonjera–. Recógeme. Te puedo alimentar.
Luna y Dan estaban hambrientos.
–Todo alimento será bienvenido; pero ¿cómo nos puedes alimentar si no te puedes mover?
–Llévame encima y te lo mostraré.
Luna y Dan permanecían escondidos.
–Aliméntanos primero, y seguiremos hablando.
En el silencio que siguió oyeron el crujir de hojas secas. La lanza surgió ante su vista como un gusano congelado. Vieron varias pulgadas de afilada hoja, y luego un ojo. Palillo los observaba. Se agacharon todavía más.
–Vuelve al valle, anciano. Allí encontraréis cose¬chadoras. Cuando caigan las lluvias podréis coger lo que necesitéis sin peligro.
Luna se burló en silencio. Sabía que había cose¬chadoras. Siempre las había. ¡Pero lluvia! El cielo estaba totalmente despejado. Sin decir palabra, él y su perro retrocedieron alejándose de Palillo. Volverían al valle, no por fe en la lanza parlante, sino por precaución. Se sentían más seguros en el valle ahora que había un intruso desconocido en su refugio de montaña, y si algo les habían enseñado sus largos años de Entremedias era precaución.
Con los sentidos alerta, se deslizaron entre los árboles al borde del huerto. Las cosechadoras roda¬ban suavemente sobre sus anchas ruedas como esca¬rabajos gigantes con los apéndices plegados y arcones como pechos cargados de polvo de plancton, frutas y vegetales. El cielo brillaba con un azul ciruela relu¬ciente. Esperaron.
Luna vio una vieja cosechadora que conocía carga¬da con tomates de madera. Se levantó gritando y haciendo señales a los bultos sensores frontales de la máquina, la «cabeza» que albergaba los neurocircui¬tos y el comunicador. La inmensa máquina se paró y giró su cabeza hacia el humano que se le acercaba. Luna dio una palmadita amistosa a la rueda inflable.
–Buenas tardes, humano.
Luna saludó con la cabeza y se paseó alrededor de la voluminosa máquina observando cuidadosamente la carga.
–¿Necesitas alguna reparación?
–Sólo una tapadera de polvo que se me ha soltado en la caja L, pero puedo esperar hasta que vuelva a...
–Le echaré un vistazo –dijo Luna acercándose a la caja de herramientas. Mientras trabajaba echaba miradas esperanzadoras al horizonte en dirección Oeste. El sol se ocultaba intermitentemente tras oscuras nubes.
–¿Ha preguntado alguien por mí estos días?
–No –respondió la cosechadora.
–¿Vas a informar que me has visto?
–No me lo han ordenado. Sólo informo cuando me lo ordenan.
–Ya lo sé –dijo, dando cariñosas palmaditas a la máquina.
Sabía que informaría si le robaba parte de la cosecha. La máquina no le haría daño ni intentaría interferir, pero tenía que informar de cualquier pérdida o daño.
A lo lejos se oían ligeros truenos.
–¿Te importa si monto contigo?
–Al contrario –contestó la máquina según empe¬zaba a rodar.
Dan levantó las orejas y empezó a caminar detrás. La brisa arrastraba gotas sueltas que dejaban huellas en el polvo. Al rato, como había anticipado Palillo, empezaron a destellar fuertes relámpagos. Parpa¬deando a través del aguacero, el viejo Luna metió algunos tomates de madera resbaladizos en su saco. Gritando por encima del rugido de la tormenta pidió a la máquina que parara. Obedeció. Luna saltó al fango; la máquina saludó y siguió andando. Informa¬ría haberle visto en cuanto parase la tormenta, pero eso sólo sucedería varias horas más tarde, si era verdad lo que había previsto Palillo.
El sol banana brillaba en lo alto del cielo uva cuando Luna y Dan volvieron al lugar donde Palillo sobresalía por entre la hojarasca y el fango. Abajo en la llanura la tempestad amainaba.
– ¡Eres un dios! –exclamó Luna esquivando charcos.
–¡Qué va!
–Has traído las lluvias y has impedido que la cosechadora informe que me has visto –dijo Luna rompiendo contra una piedra uno de los frutos de diez pulgadas con color de tomate. Echó un poco de pulpa a Dan y él se puso a masticar un trozo.
El ciber habló con cuidado, de forma didáctica:
–Predije la lluvia. La actividad eléctrica de la tormenta ha impedido que la cosechadora informe. Mis habilidades se fundan en la ciencia, no en la magia –Palillo se detuvo para contemplar al ancia¬no y al perro debatiéndose con la pulpa nutritiva en su boca sin dientes. Luego continuó–: Naturalmente, podríamos imaginarnos que mis poderes son espiri¬tuales, además de dedicarme a recoger seguidores y organizar una religión.
–¿Recoger seguidores? ¡Nunca! –exclamó el an¬ciano Luna. Escupió una corteza mal masticada. Con la cara retorcida de asco gritó–: Organización es lo que pretende la Gran ST. Organizar, cooperar y aplastar al individuo. Jamás. El hombre ha sido creado para ser salvaje y libre.
Palillo flexionó su capa membranosa y se retorció en el fango chocolate.
–Recógeme.
Luna y Dan sentían todavía reparos en permitir que una jabalina parlante entrara a formar parte de su íntima compañía.
–¿Por qué?
–Soy un robot destinado a ofrecer compañía a cambio de compañía.
–Dan y yo somos suficientes. ¿Para qué te necesi¬tamos? Ni siquiera puedes andar. Serías un es¬torbo.
Palillo veía cómo se disponían a seguir su camino. Sus pequeños circuitos ciber funcionaban a toda velocidad.
–Dientes –dijo–. Los dos necesitáis dientes. Llevadme con vosotros y os ayudaré a encontrar dientes.
Luna deslizó la lengua sobre los muñones tiernos de la encía que estaban prácticamente cubiertos de tejido hipertrófico. Cerca de dos siglos de masticar los había gastado hasta hacerlos casi desaparecer; la dieta blanda que tenía que seguir estaba reblande¬ciéndole el cuerpo también. Suspiró, ¡Oh! Masticar y morder otra vez... No pudo terminar el pensamiento. Cogió la jabalina de cien centímetros, y los tres abandonaron Cumbre Rocosa.
William Overstreet observaba desde el largo otero la nave cazadora zigzagueando a lo largo del valle. Iba desnudo, salvo un viejo cinturón a jirones y un casco abollado. El resto del traje hermético se había deshecho hacía ya meses. Su piel mostraba un desagradable mapamundi de cicatrices y queloides en los lugares donde el sol la había pelado repetidas veces. La cara, protegida por el casco, estaba ligera¬mente picada y arrugada.
La nave cazadora le espiaba, y detuvo su deambu¬lar. William levantó la mano derecha y empezó a descender la cuesta hacia la máquina, confiando en que su cinturón y el casco impedirían que disparasen. Esperaba que le reconocerían como un ciudadano, y no como un ojo–de–gamo. Saltaba despreocupada¬mente, manteniéndose en zona abierta, con la esperanza de despistarles de su nido.
En su nido había vivido durante los últimos dos años con la hembra más hermosa que jamás hubiera visto. Se llamaba Jalea, por su pelo amarillo dorado. Su espíritu era proteico, como las fases de la luna. Con luna nueva refunfuñaba y nadaba sola en el sumidero Ojo–de–Vaca. Con luna llena volvía, y como su nombre, Jalea, era dulce melaza. Compartían el nido también sus tres hijos de pelo dorado. El mayor tenía cinco años. Sus suaves pieles variaban de color oliva a caoba, pero el pelo era el de su madre. No había visto a Jalea últimamente. Desde que había empezado a crecer con su hijo, sus humores eran siempre de luna nueva», lúteos y hostiles.
La nave se detuvo y se abrió la compuerta. Dos cazadores se acercaron cautelosamente, armados con grandes arcos. Llevaban el traje blanco rugoso y el casco esférico del uniforme Herma.
–¿Qué hay, muchachos? –saludó alegremente con la mano.
Cada uno de ellos le cogió por un brazo y lo empujaron dentro de la oscura cabina. Sintió en los hombros unos pinchazos como agujas ante el contacto de las drogas hipnóticas que inyectaban los fusiles Al Vol. Alucinaciones.
–¿Le has cacheado bien? –preguntó el primer cazador.
–Este cinturón perteneció a William Overstreet, perdido en una cacería hace dos años. La estructura ósea de este individuo se le parece, pero sus tejidos blandos están demasiado revueltos para poderle iden¬tificar.
–Perdido en una cacería –repitió el primer cazador–. Bueno, refuerza el hipocondicionamiento. Puede terminar esta cacería con nosotros.
Willie cazaba entumecido. Una voz dijo: «Rastro». Vio otros cazadores a la derecha y a la izquierda. Estaban rodeando un nido de zorro con tres conejillos salvajes. Volaron las flechas. Los gritos estimulaban su apetito de cazador. Levantó el arco y apuntó. Otro grito. Un cazador alzó un trofeo ensangrentado.
Ante él se movía una forma rosácea, las trenzas reposando encima de un par de pechos simétricos. Debajo, el vientre abultado por un útero en el tercer mes de embarazo. Encima vio una cabeza desgreñada de pelo amarillo brillante. Una voz le ordenó dis¬parar.
La visión se escapaba. Aparecían trechos en blan¬co. Alzó un par de objetos ovalados y ensangrentados que arrastraban unos segmentos blancos cortos, como de goma. No reconocía los alrededores. Estaba a muchas millas del sumidero Ojo–de–Vaca, quizá a más de cien. El trofeo ensangrentado no significaba nada para él. Tenía la mente en blanco. Una nave cazadora vacía volaba encima de él; había estado siguiéndole el rastro desde hacía horas. Hizo señales para que descendiera y se montó rumbo a la Colmena de nuevo.
El meca–meditec terminó con él y dictaminó cuerpo con cicatrices, pero sano. El psicotec no mostraba tanto entusiasmo.
–Este gráfico de reflejo SNC indica un fuerte trauma, pero es difícil evaluar la magnitud. Se han empleado muchas drogas en la cacería.
Willie giró los ojos hacia arriba, mirando con ansiedad hacia la puerta.
–Mira cómo anhela volver Fuera. Me temo que tiene vínculos afectivos con alguna ojo–de–vaca en la región del Lago Sumidero.
El observador escuchaba el análisis del psicotec.
–Bueno, supongo que podríamos tirarle o suspen¬derle –dijo–. Mas en realidad es demasiado pronto para saber hasta qué punto sería un problema para la Gran ST. ¿Por qué no lo transferimos a uno de los otros países, al País Naranja, por ejemplo? No tiene ningún vínculo con la megafauna de allí. Puede que resulte ser un buen ciudadano.
El psicotec afirmó con la cabeza. Transfirieron a Willie a una ciudad en Naranja. Uno de sus vecinos era un caño llamado Moses Sppendorff, sensible y competente. Su ciudad quedaba justo al oeste de las montañas.
La cadena montañosa formaba la espina geológica de dos continentes. Seis mil millas al norte de Cumbre Rocosa otros fugitivos se agarraban a su precaria existencia en el aire frío y enrarecido de la elevada cumbre.
Ball, una esfera metaloide, ocupaba una lápida pedregosa en el centro de un pueblo neolítico de¬rrumbado. Lugar de reverencia, la lápida estaba rodeada de magras ofrendas de alimentos. Ball había protegido a estos habitantes del monte Tabulum hasta que se convirtieron en centenares. Al amanecer salían de sus refugios escondidos con herramientas de piedra y cuencos de barro. Molían el grano. Amasa¬ban carnes secas y frutos. Trabajo, trabajo.
Toda actividad paró al moverse la puerta del gran cobertizo. Los ojos se dirigieron hacia la misma. El varón arrugado y calvo que salió vestía pieles sueltas, manchadas con jugos de frambuesas metacromáticos. Andando majestuosamente hacia la lápida, colocó ambas manos sobre la esfera que se asemejaba a su propia cabeza en tamaño y calvicie. Durante un momento pensativo los habitantes estudiaron el rostro meditabundo de su visionario, mientras intentaba contactar con su deidades protectoras invisibles. La alarma apareció en el rostro envejecido. Lanzaron ofertas de alimentos sobre los pliegues de la túnica.
Inmediatamente el pueblo se dividió en familias y pequeñas unidades sociales. Se derribaron los cober¬tizos. Se envolvieron buriles, palas y cascajos trunca¬dos junto con granos y carnes secas. Se ataron los bultos de pellejo a las espaldas de los adultos. Aparecie¬ron armas en las manos callosas. Momentos después el pueblo estaba desierto. Sólo quedaba polvo y es¬combros.
A través de ese polvo caminaba una hembra pubescente, dejando claras y cuidadosas huellas de cinco dedos. Descendía despacio sola a lo largo de un sendero estrecho y empinado en la ladera pedregosa de la montaña. Era un cebo. Seis machos hoscos, cada uno con una lanza corpulenta, la vieron alejarse. Luego se agazaparon en oscuras grietas a lo largo del sendero.
El silencio volvió al monte Tabulum. El sol ascen¬día. Un macho joven –pubertad menos cinco– se perdió en la huida. Avanzando en zona abierta, ni siquiera oyó el zumbido de la flecha que se apro¬ximaba.
Un arquero gordo y pálido, elegantemente atavia¬do, se aproximó al conejillo salvaje que se agitaba. Con una bota estrecha y puntiaguda sujetó el peque¬ño torso mientras arrancaba la punta afilada de la flecha. Desenvainó la pequeña hoja curva de su navaja de trofeos y se inclinó hacia la forma que se retorcía. Afortunadamente, la baja presión de la sangre nublaba el sentido de la víctima. Una vez embolsado el espantoso trofeo, el cazador guardó su flecha y comenzó el ascenso por el sendero. Al encontrar el pueblo desierto siguió las huellas de cinco dedos que descendían por otra pendiente.
Llevaba tres días sin dormir. Una pequeña consola adosada al cuello triplicó el nivel de anfetamina de la sangre. Deteniéndose cautelosamente, estudió los guijarros que se amontonaban. Su detector de ojos–de–gamo de pulsera no veía nada a través de la piedra densa. Los lanzajabalinas se movían impacientes en sus escondrijos. Un movimiento súbito al final del sendero: el cebo se dejó ver. Otro trofeo. Descendió por el sendero con trote alocado...
La primera lanza le alcanzó en pleno estómago. Proyectada desde la altura del hombro, le penetró firmemente hasta la vértebra lumbar. Un aguacero de lanzas dejaban entrar el aire y la luz del sol mientras salían fluidos rosáceos.
Los circuitos del detector de ojos–de–gamo yacían aplastados sobre el sendero. Los habitantes fugitivos se repartieron los trozos de carne fresca en sus campamentos provisionales de las laderas. Su visio¬nario ataviado recibió la generosa porción acostum¬brada. Otra vez les había salvado su bola de cristal.
Los ojos–de–gamo de monte Tabulum comieron bien aquella noche.
Una nave cazadora solitaria buscaba al cazador perdido por la falda de la montaña. Deambuló sin parar toda la noche. A la mañana siguiente volvió al garaje vacía.
El profeta ataviado trasladó a Bola al centro de las ojos–de–vaca arrodilladas. Colocando su mano sobre el niño muerto, cantó:
–La flecha del cazador ha encerrado el alma–DNA del pequeño en el limbo. Hay que librarla para el retorno de Olga, a fin de que pueda llevársela de este mundo maldito. Debéis liberar el gen–alma–DNA con otro nacimiento.
Cesaron los lamentos. Los aborígenes desnudos continuaron el cántico:
–Liberar el gen–alma para el regreso de 0lga; aparear, aparear, procrear–multiplicar–procrear¬–aparear, aparear.
Las amplias puertas del garaje se abrieron como esfínteres atrayendo a la nave hacia dentro. La luz del día brilló por un momento en el área de trabajo deslumbrando al joven Val, el encargado de turno. Se protegió los ojos con las manos. La nave se posó y silenció. Se levantaron nubes de polvo por el recinto. Tosiendo, apareció una cara tiznada por debajo de uno de los chasis desmantelados.
–¿Quién ha vuelto? –jadeó la cara. Era de Tinker, un operario neutro.
Val parpadeó y buscó entre la neblina el nombre de la nave.
–Ave Can.
Tinker salió gateando de debajo del chasis en medio de un montón de herramientas.
–¿Ave Can? Lleva todo un día de retraso. ¿Qué ha pasado con los cazadores?
Val comprobó el registro.
–Sólo había uno. Baserga, un C.D. siete. Parece que era una patrulla de rutina sobre el monte Tabulum, pero no ha vuelto.
Tinker se limpió el aceite de las manos y se acercó a Ave Can cariñosamente. Levantando las cubiertas contra el polvo comprobó los tejidos de los neurocircuitos. Acercándose a los sensores delanteros sacó sus herramientas y empezó a desprender el ojo central mayor.
–Pobrecilla mec –decía mientras trabajaba–. No me extraña que andes perdiendo a tus cazadores. Si casi no puedes ver. Me llevaré tu ojo grande a mi taller y reduciré el vacío otra vez a diez–al–menos–seis. Te pondré una retina E.M. nueva. Eso te dejará impecable –levantó el óptico y examinó el casqui¬llo. Los contactos destellaron. Colocó la tapa contra polvo.
–¿Menos seis? –dijo Val–. Nuestras líneas sólo bajan a menos tres.
Tinker colocó el ojo de la mec en el banco de trabajo junto con un montón de otras piezas sueltas.
–He construido mi propia bomba de difusión hace algunos años –aceite de A.V., una pieza de chispo¬rroteo, un árbol de Navidad–, lo reduje a menos cinco. Con un cortafrío lo podemos hacer descender otro decimal.
–Eso nos viene muy bien –dijo Val–. Hemos estado haciendo continuos pedidos de sensores, pero hay retraso en el suministro.
– Unicamente reconstruyo los toscos. Generalmen¬te sólo necesitan retinas y lentes. Con la bomba es fácil reconstruirlos.
Val siguió pasándole herramientas a Tinker y haciéndole preguntas. Las naves cazadoras eran sus amigas. Estaba contento de verlas responder a la habilidad de Tinker. Seguro que mejoraría la efi¬cacia.
A las mil y cien el viejo Walter entró resollando en el C.C. y releyó a Val. Las herramientas y las piezas defectuosas se apilaron en un saco.
–¿Quieres que te ayude con el saco? Me gustaría ver tu taller–cubículo –se ofreció Val.
Tinker se encogió de hombros y asintió con la cabeza.
El viaje por los subterráneos calientes llenos de gente y la larga escalada por la espiral ajaron la túnica de Val. Limpiándose la cara en la manga se deshizo de su carga y echó una ojeada a la morada de Tinker. Había tres cubículos pequeños y un cuarto de estar mayor abarrotados todos de chatarras y herra¬mientas. Había cabezas de meca–agros que les mira¬ban fijamente con enormes casquillos vacíos. Cajas de cerebros, herramientas, comunicadores, sensores y pantallas aparecían amontonados por todas partes.
–Aquí hay sitio para una familia–7 –dijo Val.
–Estoy bastante arriba en la espiral, lejos de los servicios de la base del eje. No hay mucha demanda de moradas altas y mi trabajo de reparación justifica la ampliación del espacio.
Val movió la cabeza afirmativamente; comprendía. Al lado del pequeño catre de Tinker había un expedidor reconstruido. Val tocó el disco selector y salió una pequeña barra de comida, de muestra.
–Lo he construido yo mismo –explicó Tinker orgullosamente–. Claro que no es un modelo autori¬zado, pero así tengo alguien a quien hablar, un cerebro clase trece. Pero igual que mi refrescador, sólo puede suministrar cuando la presión alcanza este nivel, lo que casi nunca ocurre últimamente, así que lo almaceno con mercancías que traigo yo mismo. Tengo que ir a la base del eje para conseguir casi todo.
Val habló al dispensador. Le contestó cortésmente y le ofreció un menú de tapas. En la pantalla aparecían pasatiempos conocidos. Meneó la cabeza y se acercó a un banco de trabajo cargado de objetos. En un extremo de la habitación vio un tambor negro de unos cinco pies de altura y tres de diámetro. Estaba protegido por gruesos bloques aislantes y del centro de la tapa superior salía un manojo de cables. Al acercarse, Tinker le hizo ademanes para que se apartara.
–Ten cuidado. He estado experimentando con un capacitador mayor, para hacer funcionar mis herra¬mientas cuando hay poca energía. Seguramente está bastante cargado ahora y mi material aislante no es de lo mejor. Intento mantenerme por lo menos a una distancia de seis pies para estar seguro.
Val se maravillaba del ingenio de Tinker. El tambor parecía muy potente, casi ominoso. Entró en el siguiente cubículo. Más aparatos electrónicos, unos cables gruesos conducían a una antena focaliza¬dora. Las paredes estaban cubiertas con gráficos y mapas.
–Escuchando a las naves cazadoras y a las meca–agros –explicó Tinker.
Val acercó la nariz a uno de los mapas y buscó pequeños detalles que le eran familiares.
–Muy preciso.
–Un hobby interesante –dijo Tinker.
El expedidor del otro cuarto empezó a hablar y a imprimir en la tira de papel. Tinker se fue a leerlo mientras Val manoseaba los gruesos auriculares.
–Es un permiso de nacimiento, para mí –gritó Tinker.
–No me sorprende –sonrió Val–. La Gran ST está simplemente reconociendo tus talentos. Podemos emplear muchos más Tinkers.
Tinker volvió con la cara larga.
–Pero es uno de clase tres, niños con incubador–humano–de–elección. Yo vivo solo.
–¿Y qué? ¿No tienes a nadie que te quiera llevar?
–No –dijo Tinker irritado–. ¿Quién me llevaría gratis?
Val consintió.
–Sé lo que quieres decir. Ninguna de las hembras polarizadas quieren quedar grávidas de un clase tres a menos..., a menos que sientan algo por el padre del vástago. ¿No tienes ninguna amiga con útero?
Tinker meneó la cabeza.
–Vivo solo. Más sencillo. Cumplo con mi traba¬jo..., y lo hago bien. ¿Por qué querrá la Gran ST trastocarlo todo? Ni siquiera estoy polarizado.
Val le tranquilizó:
–A mí me han polarizado en parte, necesitaba los hombros para el arco –Sagitario, sabes–. No fue demasiado grave. Ahora tengo mis hombros. Tam¬bién me tengo que depilar cada semana, pero eso no importa mucho. Mi temperamento se ha hecho algo más brusco. No me gustaría nada ver lo que haría de mí una polarización completa..., pero si Gran ST lo ordenase, obedecería. Como buen ciudadano que soy.
Para ser un neutro, la personalidad de Tinker era ya algo cáustica.
–Yo no –frunció el entrecejo–. No quiero que mi productividad decaiga. Soy obediente, pero cualquie¬ra puede comprobar que soy mucho más eficaz si vivo solo. Una familia–3 alborotaría mi taller.
Val comprendió. Su cubículo era privado: familia–1.
–Podías intentar solicitar una alternativa. Puede que Embrio consiga cambiarlo por una clase uno. Deja que lo lleve el útero mec –sugirió Val–. Baja ahora mismo.
El empleado de Embrio apenas si miró la tira de papel. Sacudió la cabeza.
–Lo siento, Tinker. Tiene que ser un clase tres. Tu niño tendrá que salir en el momento que se ha programado. Tenemos que pensar en las generaciones futuras. Todos nuestros úteros mec están llenos y el presupuesto es pequeño. Necesitarán de tus habilida¬des. Venga, sé un buen ciudadano y encuentra una hembra que lo lleve.
–No tengo ninguna hembra.
–¿No te atrae ninguna? –preguntó el empleado comprobando la ficha de Tinker–. Tu perfil dice...
–Me gusta todo el mundo –interrumpió Tin¬ker–. Pero ni siquiera estoy polarizado. No siento atracción sexual por ninguna...
–En la clase tres no interviene para nada el sexo.
–Sí que interviene –explicó Tinker–. Me estás pidiendo que encuentre una hembra que lleve mi niño sin pagar las tasas normales de ese trabajo.
–Las tasas de llevar son para la clase dos, cuando la Gran ST selecciona el incubador.
–Lo sé, lo sé –dijo Tinker–. Pero no conozco a nadie que quiera llevar para mí gratis.
El empleado sacudió la cabeza afirmativamente y perforó el problema en la meca–embrio. Salió otra tira de papel. Era una orden directa.
–Hazte polarizar, Tinker. Y después encuentra a alguien que te quiera lo suficiente para llevar..., y hazlo en seis semanas.
Tinker reconoció el tono de la voz. Una orden de la Gran ST. Golpeando los talones, respondió:
–Si, señor. Enseguida, señor.
Tinker se abría camino a través de las muchedum¬bres rancias, seborreicas, en dirección hacia la Clíni¬ca de Polarización. Estudió el mar de caras monóto¬nas, pastosas, buscando un posible incubador. Los más lentos llevaban adosados a la piel piojos y garrapatas. Sólo veía bichos y fealdad espiritual. Ninguno mostraba señales de actividad mental, sin hablar ya de estimulación. Ninguna posible pareja.
–¿Qué? ¿Te vas a lanzar, cariño? –cacareó la asistente de la Clínica de Polarización, una vieja bruja artrítica y sin dientes ya entradita en los veinte.
–Ordenes de la Gran ST –explicó.
La vieja se serenó. Con temblores parkinsonianos descubrió la bandeja de instrumentos. El cuchillo se estabilizó al hincarse en busca de la C.A.P. en la carne de su antebrazo. Extrajo la malla contra el tiempo.
–Aquí está tu capullo antipubertad –dijo. El cuchillo y la malla cayeron sobre la bandeja. Le rociaron con sintetizador de piel. Le inyectaron primeras dosis de andrógeno y P.H.S.** a Al Vol. Diez minutos más tarde caía de nuevo entre las muche¬dumbres de las espirales... sin sentir nada nuevo. Tres semanas más tarde una débil erección anunciaba que sus parasimpatéticos sacros estaban polarizados. Los chicos del psico comprobaron su respuesta bio–eléctrica al estímulo erótico, el tono había mejorado.
Aparte de templarle el abdomen, la polarización no parecía ayudarle mucho a solucionar el problema de Tinker de encontrar un incubador; si acaso, se lo dificultaba. Sus sentidos se habían agudizado y ahora era más crítico con sus conciudadanos. Notó nuevos olores repulsivos. Los suburbanos llenos de gente e infectados de bichos se le hacían intolerables. Acer¬cándose hacia el Control de Caza el hedor se hizo tan inaguantable que vomitó, añadiendo el contenido escurridizo de su estómago al lodo indescriptible del suelo.
Tinker entró en el garaje y comenzó a vaciar su saco, colocando los ojos de mecs arreglados sobre el banco.
–La polarización es dura –le comentó a Val. –He vomitado hoy al venir aquí. Nunca lo había hecho antes.
Val cogió un ojo, admirando las nuevas piezas recién colocadas.
–Tu eje neurohumoral se está fortaleciendo. No se pueden alterar sólo las gónadas, sabes. La pituitaria, el sistema nervioso autónomo, adrenalina, la tiroides, todas desempeñan algún papel en la polarización.
Tinker se sentó, estaba pálido.
–¿Pero qué tiene que ver el vomitar con el sexo?
–El reflejo es autonómico –dijo Val–. Antes, como todo neutro, desconocías casi todo tu entorno, es decir, tu cuerpo lo desconocía. Ahora te estás convirtiendo en un macho sexualmente activo. Su¬pongo que se remonta a algún período en la selva. Las criaturas primitivas necesitaban de sus sentidos para encontrar pareja y esquivar a los enemigos. Tu cuerpo está buscando ahora una pareja.
Tinker bebió un poco de agua. Trepó al hombro de Ave Can y le conectó el ojo que había reparado.
–¡Lo que me faltaba! Que las gónadas me tras¬porten ahora a los inicios del árbol evolutivo. ¿Cómo va a afectar eso a mi producción? ¿Qué ventaja va a sacar la Gran ST?
Val se encogió de hombros.
–No hay elección. Con el presupuesto tan restrin¬gido no puede pagarse el lujo de que todos sean clase uno. Los meca–úteros son demasiado caros. Y según parece tu vástago se va a necesitar dentro de unos diez años. Por eso no hay otra solución que uno clase tres. No te preocupes de tu productividad, puede incluso aumentar si no hacemos caso de tus peculia¬ridades mientras estás cambiando.
Tinker se sentía como si estuviera discutiendo su transformación en alguna clase de bestia.
–¿Mis peculiaridades? –dijo. –Al menos no envío cazadores a morir en naves cazadoras ciegas.
Val alzó una ceja.
–Pero necesitamos protección para nuestras cose¬chas. Las piezas defectuosas se han devuelto.
–Algunos arreglos de primera mano pueden salvar vidas. ¿O es que tu casta no permite ensuciarse las manos de aceite?
Val no contestó. Sólo sonrió, y dijo:
–¿Ves lo que quiero decir cuando hablo de tus peculiaridades? La polarización te ha hecho algo áspero.
–No salgas del tema. Si los arreglos no entran dentro de tu especialidad, ¿por qué no te montas en una de tus naves y sales de caza; de caza de verdad, no en un simple crucero de inspección.
Val sonrió y se alejó.
–¿Quieres algo del expedidor? –gritó por encima del hombro.
Tinker volvió a su trabajo.
Tinker notó pequeños cambios en la muchedumbre que viajaba en el suburbano. Ya no era un mar monótono de rostros. Estaba seguro que las imágenes de la retina eran las mismas, sólo su córtex visual empezaba a distinguir las imágenes neutras y las polarizadas. Los neutros se esfumaban en un fondo de nebishes sin rostro, en un collage amorfo de caras vacías. Los polarizados, tanto machos como hembras, le llamaban inmediatamente la atención, machos sombríos, hembras curvilíneas. De cada mil, uno parecía estar polarizado.
La espiral de su casa solía ser sólo ligeramente incómoda. También eso cambió. Empezó a ver ratas y piojos. Los cuerpos agusanados le irritaban. Enton¬ces, por vez primera, se fijó en el mendigo, gordo y adematoso. Sabía que el descubrimiento se debía a su nueva capacidad de elección visual, porque el mendigo sin duda estaba allí desde hacía meses, paralizado, muriendo lentamente del beriberi húme¬do. Los meditecs camilleros buscaban alrededor de la espiral. El mendigo se escondió en un escotillón de entrada polvoriento. Pasó un aspirador limpiando las manchas húmedas que dejaban las úlceras rezuman¬tes del mendigo.
Tinker se paró al lado del escotillón escuchando los movimientos furtivos entre las paredes.
–Pobre bellaco jubilado –murmuro.
Se abrió camino entre la cola de la comida y pidió un litro de sopa de centeno con tiamina. Los circuitos del expedidor notaron el cambio en su dieta habitual. Sin prestar atención a los ópticos sospechosos, llevó el recipiente caliente hacia el escotillón de entrada. Exhalaba un vapor aromático.
–Sabrosas calorías –llamó en voz baja.
El mendigo bebió con manos temblorosas mientras Tinker miraba por encima de su hombro el oscuro nido. Encima de la espesa capa de polvo había paquetes de calorías básicas sin abrir. Sin sa¬bores.
–Todo un detalle –dijo una voz femenina detrás de él.
Tinker se volvió y vio una hembra polarizada muy joven. Llevaba una suave túnica sujetada con un cinturón apretado. Sus ojos acariciaron su cara y miraron a un par de grandes senos simétricos.
–Estás focalizando –dijo tímidamente. La mu¬chedumbre apática se disolvió ante sus ojos. En la profundidad de su pelvis, las sinapsis gritaban HEMBRA.
–¿Qué? –balbució.
–Que ha sido un detalle –repitió ella–. Eso de darle al pobre viejo tu ración de comida...
Volvió a sus sentidos. El dar limosnas era una función de la Gran ST. Si el mendigo se veía obligado a mendigar, quería decirse que había perdido todos sus créditos. No estaba bien mantener a semejante marginado. Sintió un flujo de culpa, que enseguida se convirtió en irritación.
–Me lo pude permitir.
–De todos modos, sigue siendo un detalle. La mayoría de los ciudadanos ni siquiera se hubieran fijado en él.
Se acercó y se apoyó contra él cogiéndole su emblema Sagitario. Él dio un paso atrás tamba¬leándose. El contacto corporal era actividad meld. Parecía mal en público.
–¿Quién eres? –preguntó a lo loco.
–Soy Mu Ren –dijo ella claramente–. 1/2 MRBL–segunda subcultura, en línea celular Mu Renal del clone B.L. Pero eso no importa. Lo que importa es que tengo diez años, me he polarizado espontáneamente, y he sido asignada a ti como incubador de clase tres.
Separó los ojos de sus suaves curvas durante el tiempo suficiente para ver detrás de ella el tobillero.
–El guardián me ha asignado –dijo ella cogién¬dole de la mano.
Tinker intentó mirarla con ojos analíticos, pero el fuego de su abdomen ofuscaba su juicio. Sí que aparentaba ser una polarización completa, y si de verdad había sido espontánea, sin duda sería un incubador perfecto.
–Guardián me sacó del montón cuando me pola¬ricé. Me asignaron a una familia–5, pero yo titubeé en la meld. Gracias a mi juventud me dieron la posibili¬dad de buscar otra pareja. Tu petición de incubador llegó justo a tiempo. Yo creo que me gustaría una familia–2.
Tinker le cogió la mano.
–Ven –dijo. Se abrieron camino hasta el princi¬pio de la cola complaciente y pidieron alimentos al expedidor. Ella llevaba los alimentos y él le sujetaba el tobillero. Su subida por la espiral nunca había sido tan agradable.
Mu Ren sonrió con aire de aprobación al taller de Tinker.
–Sólo he dado un poco de electrónica en mis estudios –dijo–. Pero reconozco los componentes de cibers ciudadanos y mecs de campo. Eres muy habilidoso con las manos.
Su atracción corporal se amontonaba en la conciencia de Tinker, dificultándole todo pensamiento racional. Señaló impacientemente hacia algunas de las máquinas grandes intentando familiarizarla con su nuevo entorno. Ella notó su impaciencia y se volvió hacia él.
–Me gustaría vivir con un hombre que es hábil con las manos –dijo. Cogiéndole por las muñecas, le deslizó los temblorosos dedos por la túnica. Sus suaves zonas erógenas emanaban calor. Sus sinapsis autonómicas se debatían en la creciente excitación. La pasión florecía desordenadamente, y de repente se esfumó. Mientras estaba de pie, se apagó el fuego de su abdomen, dejando en su lugar la fatiga.
Ella siguió reclinándose contra él durante un momento. Le dio un abrazo breve y se alejó hacia el tobillero. Empezó a sacar sus cosas. Tinker permane¬ció en medio del cuarto, desconcertado. Colocó su libro ST sobre el catre y desenrolló la ropa de cama sobre el suelo. Al ver su desconcierto, se levantó de un brinco y corrió hacia él..., acurrucándosele cari¬ñosamente.
–Hace muy poco tiempo que te has polarizado –le consoló–. Tus reflejos necesitan tiempo para sincronizarse. Los ejercitaremos, y mejorarán...
Se instaló y se adaptó rápidamente a la peculiar morada de Tinker. Hablaba con el expedidor clase trece. Evitaba el gran condensador negro. Mejoraba su meld.
El embriotec tanteó el antebrazo de Mu Ren y retiró la esponja antiovulación. Sin hacer caso de sus sobresaltos, preparó el disparador de Al Vol con estrógenos.
–Ahora sí que no podemos tener hormonas con¬flictivas, ¿verdad? Te tendremos el endometrio pre¬parado para el pequeño Tinker Junior en unas cuatro semanas. Vuelve entonces y haremos el implante.
–¿Podría verle ahora? –preguntó en voz baja.
El tec la empujó bruscamente hacia la puerta.
–No. Ahora no hay nada que ver, salvo caldo clone dentro de nutrientes espumosos. Ten paciencia. Dentro de seis meses estará dando patadas y retor¬ciéndose ahí. Lo pasaréis muy bien.
Sonrojada con el efecto folicular pasajero, volvió a Tinker. Pero no lo pasó muy bien. Cuatro semanas después de la implantación arrojó un gran coágulo. Observó deprimida que había desaparecido el bulto de su vientre. Ya no sentía comezón en los pechos. Temiendo que no la autorizasen a ser incubadora otra vez, buscó su anillo Ov en el maletín de pie. Sus actividades meld se intensificaron. Miraba el anillo anhelante. Dos semanas más tarde se vio premiada con una ovulación. El vientre empezó a crecer de nuevo, con un poco de retraso, pero creció. Tinker, preocupado con unas extrañas señales provenientes de la superficie del planeta, no notó nada extraño. A las cuarenta y dos semanas de la implantación la Clínica Embrio la requirió para comprobación. Ella se negó.
–Media MRBL –preguntó una voz desde la puerta.
Mu Ren miró hacia arriba temerosa y vio a dos gruesos neutros con emblemas dorados de la Brigada de Seguridad Ram–Aries–. Su cara palideció. Dejó a un lado la costura y echó una mirada por encima de ellos hacia el pasadizo. Otros tres neutros se apoyaban en sus pértigas al pie de la espiral.
–Revisando la zona Tee –dijo el neutro sujetando un escudriñador–. Esta debe ser la morada de Tinker.
Los dos entraron y miraron a su alrededor. Todos esos aparatos electrónicos no significaban nada para ellos. Permanecieron al lado de la puerta.
Tras unos largos minutos de silencio tirante el neutro B.S. que tenía el escudriñador pareció preocupado. El vientre abultado de Mu Ren y sus movimientos trémulos interferían con el instrumento.
–Tranquilícese, por favor –dijo–. Esto es un simple control rutinario de las comunicaciones. No tiene nada que ver con usted.
Mu Ren suspiró. El útero estaba algo tirante. Se tumbó en el catre cubriéndose los pies con un chal. ¡Qué desahogo saber que no eran del Embrio, después de lo del feto!
Tinker llegó con alimentos para almacenar. Son¬riendo como un buen ciudadano, descargó lo que traía en la repisa de la despensa y empezó a responder a sus preguntas. Si, había notado señales de radio extrañas. No, no había estado usando un transmisor de rayos concentrados. No, no tenía idea de dónde venían la señales. Sí, les mantendría informados. Se fueron... satisfechos.
Mu Ren le miró interrogante.
No hizo caso a sus preguntas mudas mientras corría un gran cerrojo de la puerta. Acercándose al banco de trabajo apretó un auricular contra su oído derecho.
–Transmisiones de la superficie, de Fuera –dijo moviendo rápidamente los sintonizadores y cambian¬do la posición de un hilo en el mapa vertical–. No vienen de las naves cazadoras ni de los meca–agros normales. No sabía qué podían ser, pero la visita de la B.S. de esta noche me ha convencido de una cosa. Son transmisiones no autorizadas.
No autorizadas. El término palideció de nuevo su rostro. Se lamentó débilmente y se sentó.
–Venga, venga; no hay peligro. Seguramente es sólo una mec renegada que está pasando una crisis de identidad con su CYS/CAPA. Los circuitos–y–si... y los circuitos–asociación–por–azar son muy lábiles. He oído hablar de clases seis que han enloquecido hasta agotar sus células energéticas. Pero generalmente no se pierde nada excepto algunas cosechas –la tran¬quilizó.
Sus palabras tuvieron poco efecto en la hembra grávida. Las lágrimas recorrieron sus mejillas.
–Nuestro bebé no está autorizado –balbuceó.
Tinker no lo oyó. Tenía puestos los dos auriculares. Movió la antena bicónica para captar los mensajes según se filtraban por las paredes y órganos de la ciudad–eje.
–Tenemos suerte de habitar este cubículo alto–murmuró–. Un poco más hundidos en la tierra y no recibiríamos nada de esto.
Una contracción encogió el abdomen de Mu Ren. Se sentó en el catre. Tinker se inclinó hacia los auriculares escuchando los débiles sonidos... un cántico.
Oh feliz día
Oh feliz di... ia
Cuando Olga llegue
Nos mostrará la vía.
Los versos estaban separados por el sonido de percusión, guitarras y el ching, ching, ching de panderetas.
En lo alto de la montaña
Vive la bola mágica,
Escucha su sabiduría,
No tropieces y caigas,
Corre por los jardines, corre,
No tropieces y caigas.
Tinker sabía de la existencia de los Seguidores de Olga –una organización fraternal de culto desacon¬sejada por la Gran ST–. Pero no podía entender que emitiesen por radio. Si habían violado la ley de la Gran ST y penetrado en los jardines, la emisión sólo conseguiría delatar su crimen y atraer a los cazadores. Las brigadas de seguridad ya estaban investi¬gando. La advertencia «No tropieces y caigas» parecía muy apropiada si los cazadores estaban siguiéndoles la pista. Pero ¿qué era una bola mágica? Desconcer¬tado, se quitó los auriculares.
Cuando encontró a Mu Ren intentando dormirse entre sollozos, le dio unas palmaditas en el culo gordito y dijo:
–Es sólo la depresión del parto, Mu, no dejes que te deprima.
–Nuestro bebé no está autorizado –lloriqueó.
–Vamos, vamos, claro que lo está –respondió–. Tengo los papeles aquí mismo.
–Pero necesitamos una clase cinco –dijo.
Tinker puso la mano sobre el vientre y notó una patada. Lentamente calculó el tiempo que habría pasado desde la implantación.
–¿Un híbrido? –preguntó despacio.
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