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Escrito por Celeste
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viernes, 09 de julio de 2010 |
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benford_gregory_-_centro_galactico2 1.02 Mb
Arde a popa el fuego, impulsando a la nave hasta casi la velocidad de la luz. Sus toberas magnéticas rizan el uniforme campo dipolar.
... Una saeta que surca la negrura...
... un penacho blanquiazul de rugiente hidrógeno...
... un asteroide de granito gris que surca la rugiente llamarada...
Succiona el polvo interestelar. Agita un caldero de isótopos. Y los vomita a la tiniebla, una bengala ultravioleta en el abismo insondable.
En el interior, Nigel Walmsley comía ostras.
La última copa de vino, pensó con enojo, escudriñándola. Eso era todo lo que quedaba. Hasta donde se podía dar crédito a los rumores de la nave, ningún otro había traído más de una botella, y eso era lo que se había consumido en los últimos dos años.
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Escrito por Celeste
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viernes, 25 de junio de 2010 |
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la_guadaa 353.09 Kb
Despues de que los niños crezcan y se trasladen, una nueva criatura acude a tu casa.
Su nombre es Muerte.
Viene en silencio, sin los llantos de un infante, y no hará que estés
despierto por la noche ni exigirá diariamente tu atención. Pero, de
alguna manera, sabrás que ha venido para quedarse. Y sigue creciendo,
haciéndose más grande y más fuerte a cada día que pasa, mientras tú te
haces más pequeño y más débil. Tarde o temprano tendrá lugar la
inevitable confrontación..., y cuando eso suceda, tú serás quien tenga
que marcharse.
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Escrito por Celeste
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viernes, 25 de junio de 2010 |
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la_casa_del_hacha 322.62 Kb
Daisy y yo estábamos disfrutando de una de nuestras habituales trifulcas. Había empezado por lo de la póliza del seguro, pero luego derivó a los tópicos de siempre. Cada uno sabía perfectamente dónde le apretaba el zapato al otro.
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Escrito por Celeste
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lunes, 21 de junio de 2010 |
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un_funcionario 228.32 Kb
Tendido
de espaldas en el camastro, y siguiendo con vaga mirada las grietas del
techo, el periodista Juan Yáñez, único huésped de la sala de politicos,
pensaba que habia entrado aquella noche en el tercer mes de su encierro.
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Escrito por Celeste
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lunes, 21 de junio de 2010 |
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primavera_triste 207.40 Kb
El viejo Tófol y la chicuela vivían esclavos de su huerto, fatigados por una incesante producción.
Eran dos árboles más, dos plantas de aquel pedazo de tierra -no mayor que un pañuelo, según decían los vecinos-, y del cual sacaban su pan a costa de fatigas.
Vivían como lombrices de tierra, siempre pegados al surco; y la chica, a pesar de su desmedrada figura, trabajaba como un peón.
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